Viejo Oeste – Representantes de la autoridad


Por regla general, las pequeñas poblaciones eran tranquilas porque sus habitantes sólo querían asentarse y prosperar. Los forasteros eran tenidos como honestos hasta que su conducta demostraba lo contrario. La sanción por alterar la convivencia de la comunidad era el desprecio público, que empujaba al infractor a marcharse.

El duelo y los tiroteos eran una forma admitida de solucionar diferencias. Sin embargo, disparar por detrás, hacerlo de lejos o emboscar, eran considerados una cobardía, además de ser ilegales.
La justicia era distinta dependiendo de si el eliminado era un mexicano o un amerindio.

El robo de un caballo era considerado un delito particularmente grave, por el que el infractor era usualmente ahorcado.

La presencia del sheriff (comisario) acompañó la expansión al oeste. Los datos más tempranos lo mencionan en los años 1823 y 1824 en la comunidad de San Felipe de Austin. Los nuevos asentamientos, crecidos alrededor de las vetas de mina, también requerían de sus servicios.

El hecho de que el sheriff pudiera ser elegido por voto popular le daba a la elección una dimensión social que reflejaba los intereses y tensiones de la comunidad. También existía un cuerpo de alguaciles (marshals) encargado de ejecutar las disposiciones federales.

La duración del empleo del comisario era de dos a cuatro años, según las regiones. En sus labores podía valerse de asistentes, conocidos como deputy. En situaciones especiales o de emergencia podía nombrar a otros ciudadanos para que lo ayudaran. Esto dependía del llamado posse commitatus o poder del condado. En algunas jurisdicciones, sus funciones incluían la recaudación de impuestos y la ejecución de penas como el ahorcamiento, que podía hacerse en un patíbulo o bajo un árbol cualquiera. Generalmente no había preparación para este cargo.

En 1860 David J. Cook (que ejerció en los años 1860 y 1870, como sheriff y policía) publicó un libro llamado ¡Manos arriba! O veinte años de vida como detective en las montañas y en las llanuras, donde daba algunos consejos:

Cuando intentes arrestar a un desperado (delincuente), ten la pistola en tu mano o alístate para desenfundarla (…) mi lema ha sido: «es mejor matar dos hombres que permitir a uno matarte». Nunca confíes en el honor de un prisionero (…) nueve de diez no tienen honor.